El difícil camino de la reinserción juvenil

La última vez que Manuel fue detenido, cayó por robo con violencia. Tenía 17 años y un prontuario que sumaba cerca de 10 detenciones. Salía de noche a reventar los candados de las tiendas del centro de Santiago, levantaba las cortinas metálicas, y robaba. “Una vez me hice de un millón 200 mil pesos. Me lo gasté en pasta base y ropa”, dice, mientras come sentado a la mesa de un boliche de calle Miraflores, los barrios donde él “trabajaba” hasta antes de su última condena. A diferencia de otras ocasiones, algo ocurrió durante el año que estuvo privado de libertad en el Centro Cerrado de San Bernardo, dependiente del Sename. Manuel quiso cambiar. Quiso dejar de robar.

Un estudio de Paz Ciudadana realizado en 2010 indica que entre los adolescentes que recuperan su libertad el caso de Manuel no es común. Los reincidentes constituyen un 70,1%. Un futuro que para los 13.802 jóvenes que fueron ingresados al Sename en el primer trimestre de 2012 no es muy auspicioso; tampoco para aquellos que trabajan en su rehabilitación.

Rafael Rodríguez (27, sicólogo) sabe que es difícil. Lo sabe desde noviembre de 2009, cuando entró a trabajar en una de las organizaciones colaboradoras del Sename como delegado, lo que implicaba un contacto directo con los adolescentes. “Lo que más me llamó la atención fue la desesperanza con la que el grupo de profesionales afrontaba su tarea. Las cifras estimaban en 70% la reincidencia, pero eso era sobre la base de aquellos a los que aprehendían. Había un grupo al que no conseguían apresar. Entonces, el porcentaje de reincidentes era mayor: alrededor del 80% de los jóvenes que ingresaba al Sename seguía robando… Y eso era tremendamente desmotivador”, dice.

A poco andar, Rodríguez advirtió que las políticas de reinserción estaban orientadas al plano educacional y al área de la familia, pero no al tema laboral. Y la mayoría de los adolescentes delinquen para tener dinero. El 50% de aquellos que reinciden lo hacen por delitos contra la propiedad (desde hurtos hasta robos), según el estudio de Paz Ciudadana. “Roban para satisfacer necesidades económicas básicas y, a veces, de lujo, como las zapatillas de determinada marca”, cuenta Rodríguez.

Hizo un pequeño focus group con los adolescentes que trataba y, derechamente, les preguntó si en el caso de encontrar un buen trabajo ellos dejarían de cometer delitos. Y le dijeron que sí. “Si les pagaran un sueldo no menor a 500 mil pesos no se verían en la necesidad de robar. Y lo decían en serio, porque el robar también tiene sus costos: desde el riesgo de perder su libertad a los problemas con vecinos y familiares”, explica.

Con todo, la posibilidad de un trabajo no es una opción que esté en la mente de la mayoría de los adolescentes que salen de los centros de reclusión o de los programas de libertad vigilada. Manuel recuerda que la mayoría de las veces que estuvo dentro sólo pensaba en salir a la calle para volver a robar. “Cuando eres menor no te haces problema, porque tus papeles no quedan manchados. Hay muchos que son picados a choro y no les interesan los talleres ni nada, no tienen ningún brillo. Las oportunidades las dejan pasar. A mí me ocurrió. Andaba a lo loco. Al interior del Sename fumaba marihuana y pasta base. Nos tiraban la droga desde la calle dentro de pelotas de trapo. Los únicos que quieren cambiar son los cabros piola, los que se mandaron condoros, porque andaban con malas juntas”, dice.

Alejandra Michelsen (47) lleva un par de años realizando talleres de terapia narrativa con los adolescentes privados de libertad. Cree en la lectura como herramientas de rehabilitación. Le preocupa lo que ocurre con ellos una vez que salen de los centros del Sename. “Por ley, cuando terminan de cumplir su condena son liberados a la medianoche. Y hay varios a los que nadie los va a buscar. Entonces, ¿cómo se las arreglan ahí, solos, sin un peso, en mitad de la noche?”, reflexiona.

Pero lo que más le importa es lo que viene después, qué pasa con esos muchachos. “Porque si ellos vuelven al entorno en que estaban antes de ser detenidos, con sus amigos que delinquen, con sus familiares que delinquen, lo más seguro es que vuelvan a delinquir. Hay organizaciones como Tierra Esperanza, Opción o Promesi, entre otras, que hacen un seguimiento de los adolescentes, pero éste no suele durar más de tres meses… En este sentido, siento que faltan instituciones que les ayuden a hacer la transición en esos primeros meses, la posibilidad de un ambiente distinto y de vínculos que les ayuden a tener una reinserción positiva en la sociedad”, explica.

La experiencia de Rafael Rodríguez se ha enrielado en esa dirección. Convencido en que la reinserción laboral era el camino, decidió montar lo que hoy es la fundación Proyecto B, una forma de hacer realidad esa promesa que le hicieron los jóvenes en el sentido de dejar de delinquir ante la posibilidad de un trabajo bien remunerado. Golpeó muchas puertas para conseguir el apoyo de diferentes empresas y luego de reunir un equipo multidisciplinario de profesionales, instaló a algunos adolescentes que habían egresado del Sename en trabajos por los que recibían una suma cercana a los 300 mil pesos.

“Partimos con una empresa minera (Komatzu Cummins), una de instalaciones sanitarias (Gespro) y un taller de autos (Talleres C. Diez). Y en los tres programas los jóvenes se quedaron trabajando. Eso nos dio luz verde. Sobre todo porque advertimos un cambio en la conducta de esos adolescentes quienes, al integrarse a un grupo distinto, se nutrieron de otras formas de vida: comenzaron a peinarse de otra manera, cambiaron el modo de vestir y la forma de hablar. Muchos, incluso, dejaron de juntarse con los amigos más complicados…”, explica Rodríguez.

Lo que Rodríguez y su equipo observaron en el programa de empleabilidad también lo vieron en el otro programa de Proyecto B, el de emprendimiento. “Ellos empezaron a valorar el trabajo como una forma de vida. Armaron sus pequeñas empresas: desde levantamientos de escombros hasta arriendos de juegos de Playstation. Y pudieron generar sus propios ingresos”, dice.

La última vez que Manuel estuvo en el Sename, se dio cuenta de dos cosas. La primera: si seguía consumiendo pasta base iba a terminar, probablemente, muerto. La segunda: que quería ser alguien importante en la vida, no tanto para los demás, quería ser importante para sí mismo. Al salir, buscó trabajo en una empresa agrícola. Estuvo dos meses, hasta que una lesión lumbar le impidió seguir. Mientras busca trabajo cuenta con orgullo que lleva casi un año sin consumir. “Cuando me baja la angustia me da hambre. En vez de consumir, como. Como mucho. Pero no fumo”, dice.

El de Manuel es un caso especial. Ha recibido el apoyo de Tierra Esperanza, Promesi y de particulares. Pero su propia voluntad ha sido decisiva. “No es fácil que un chico con la historia de Manuel se reinserte. Cuando estuvo dentro, la lectura le permitió tener un espacio de tranquilidad en medio del ambiente canero. Eso ayudó. Su convicción en el cambio ha hecho todo lo demás”, explica Alejandra Michelsen. Este caso para ella es el principio de algo mayor. Empeñada en seguir creando vínculos con los adolescentes que recuperan la libertad trabaja, junto a la periodista Sandra Radic, en la consumación de Itaca, una fundación que pretende aunar esfuerzos públicos y privados -que cuenta con el apoyo del Sename y de nombres como el de Marco Antonio de la Parra y Rafael Rodríguez- y que acompañará a estos jóvenes en el difícil proceso de la reinserción. Una tarea difícil en un escenario que, lentamente, parece comenzar a cambiar.

Proyecto B es una de las puntas de lanza de ese cambio. A casi dos años de su creación, hoy cuenta con una red de 16 empresas que contratan jóvenes y suman 50 participantes en el programa de empleabilidad más 30 en el de emprendimiento. Además, junto a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica y el estudio de abogados Grasty Quintana Majlis, trabajan en una propuesta de proyecto de ley que otorgue un incentivo tributario a las empresas que contraten a personas con antecedentes penales, además de la derogación de un artículo del estatuto administrativo que impide al Estado contratar a estas personas.

El Sename, por su parte, también trabaja en diferentes líneas para que la reinserción sea posible. La semana pasada realizó, con el apoyo de Santillana y organizado por Javier Aguirre y Ricardo Véliz, un seminario sobre la importancia del fomento lector en la rehabilitación de los adolescentes, herramienta de la que Manuel es un vivo ejemplo.

Por Marcelo Simonetti

Publicado en Diario La Tercera – http://diario.latercera.com/2012/07/03/01/contenido/pais/31-112989-9-el-dificil-camino-de-la-reinsercion-juvenil.shtml

 

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