Medios, delitos y manipulación

Si usted se levantó temprano y entre las 7:30 y las 8 de la mañana encendió el televisor para más o menos enterarse de cómo venía la mano con el tiempo, o tomar nota de algunos aspectos que hacen a la información general; usted, decía, no tuvo más opción que ser víctima de la angustia dirigida, del miedo como intento de disciplina social: en ese horario todos los canales de noticias se dedicaban a robos, asaltos, homicidios; desbordaban de sangre derramada, describían un escenario que, sin desconocer la existencia de hechos criminales y su gravedad para el conjunto de la sociedad, no condice con el mucho más variado y complejo que ofrece la realidad real del país, no la realidad creada por los medios de comunicación dominantes.

¿Acaso reclamo que la prensa silencie los hechos delictivos? ¿O espero que los medios de prensa no impongan sus líneas editoriales a la hora de construir esos relatos? De ninguna manera; en el primer caso porque pretendería ciertos recortes a la libertad de prensa, en este caso a la agenda privilegiada por cada quien en el universo periodístico, algo que repudiamos todos quienes bregamos contra los oligopolios de la comunicación; y en el segundo porque propondría un imposible, acusando severo desconocimiento de la historia misma de la actividad informativa, esa que nos dice que la misma nunca es neutral, que siempre contiene y expresa una carga ideológica.

Sí, en cambio, me atrevo a recordar algunos epicentros teóricos y metodológicos para la práctica de este oficio, tópicos de insistencia en universidades y centros de capacitación profesional y de cacareo jamás cumplido en los manuales de estilo de los medios hegemónicos. Me refiero, por ejemplo, al de la necesidad de brindarle al usuario información contextualizada, no mosaicos de realidades partidas, mucho menos profecías apocalípticas que esconden finalidades políticas.

No me propongo aquí agotar una casuística que sostenga a pie juntillas lo enunciado en los párrafos anteriores, ni mucho menos desmerecer la importancia y los impactos negativos del problema; entre ellos ciertos datos políticos, como el alto índice de insatisfacción popular que provocan los episodios delictivos según muchas encuestas. Pero sí acercar algunas referencias invisibilizadas, silenciadas desde la páginas y las pantallas de la prensa dominante.

Un informe de la Red de Observatorios Universitarios de Medios se refiere al caso Baby Etchecopar como nudo testigo de lo que el juez de la Corte Suprema, Eugenio Raúl Zaffaroni, denomina criminología mediática.

“Ahí están otra vez. Esconden la nave en algún rincón oscuro del Conurbano (Bonaerense) y salen de nuevo, armados, dispuestos a todo. A matar o morir.” ¿Quién es el pregonero del terror? La maquinaria de la criminología mediática aceita sus engranajes y comienza a rodar; no estamos seguros, dicen, ante un ‘ellos’ cuyos márgenes son cada vez más difusos (…). El asalto al conductor radial y televisivo predominó en la escena mediática. Su peculiaridad no radica únicamente en que la víctima es un destacado portavoz de las políticas de mano dura en materia de delitos; el aspecto más relevante lo constituye el hecho de haber encarnado como pocos esa síntesis de estereotipos cuyo objetivo último es instalar una sociedad de control frente a una población inerme. Así, el tratamiento de la noticia que los diarios Clarín y La Nación efectuaron en relación al tema, se centra en caracterizar a los asaltantes como aquellos potenciales asesinos, delincuentes reincidentes, menores y marginales que habitan en aquellas ‘escuelas del delito’ que son las villas y barriadas pobres. Son ‘ellos’, un otro diferente y peligroso, que no teme a matar ni perder la vida.”

El informe ofrece un detallado análisis de artículos informativos y de opinión y nos sugiere, con elementos probados, acerca de los mecanismos de propaganda empleados por esos medios, tendientes a la siguiente ecuación, descripta por el mismo texto de la Red: “más poder a la policía, más efectivos patrullando las calles, mejores dispositivos de control tecnológico y rigor en la aplicación de las penas son los reclamos que confirman lo que, al decir de Zaffaroni, ‘a mayor represión corresponde menor libertad y mayor seguridad’”.

La lógica de lo noticioso como vértigo y como mosaico (por fuera de toda contextualización) empleada por la corporación mediática, hizo que el caso Etchecopar fuese desplazado por la trágica irrupción de un hecho de filicidio, en un barrio exclusivo de la provincia de Buenos Aires, episodio que no debería inscribirse como específico de la mal denominada agenda de la “inseguridad”, pero que al aparato mediático le da lo mismo, porque le sirve para lo mismo: propagación de la angustia y del miedo con fines disciplinarios y en orden a sus propios intereses.

Los hechos divulgados hablan de un crimen grave que seguramente la justicia penalizará con un máximo rigor, pero llama la atención que, hasta el momento de escribir este texto, muy pocas fueran las voces que se animaron a ensayar una interpretación de los hechos desde un ángulo distinto al que, y como bloque de opinión, sataniza a la madre homicida.

Como escribí al principio de este texto. Nada importa a quienes conciben a la comunicación como un privilegio que sostiene privilegios; si hasta el delito y la muerte del otro les vienen muy bien.

Por Víctor Ego Ducrot

Extracto de la nota publicada en Diario Registrado – www.diarioregistrado.com/sociedad/59194-medios–delitos-y-manipulacion.html

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