La violencia de género ante el desafío cultural

La violencia familiar se engloba en lo que denominamos delitos “intrafamiliares”, que en realidad deberían denominarse delitos “intramuros” porque, casi en la totalidad de los casos, los hechos violentos de un cónyuge sobre el otro se producen dentro de sus hogares.

Los miembros del Poder Judicial sabemos de la enorme dificultad probatoria que ello nos acarrea, pues además de que no se cuenta con testigos presenciales directos, los miembros del grupo familiar guardan un profundo silencio sobre los sucesos, y esto generalmente se produce por temor a represalias de parte del sujeto activo agresor.

A diferencia de otras figuras criminales, esta modalidad delictiva se caracteriza porque esos hechos ocurren en todos los niveles sociales, culturales y económicos, puertas hacia adentro. Y también he podido observar que sus autores no se cuidan de borrar o disimular sus huellas en el lugar del crimen. Esto sucede porque están convencidos que deben hacerlo.

En el territorio de la República Argentina, durante el año 2011, hubo 250 casos de homicidios provocados por hombres a sus parejas, a través de diferentes modalidades. Esto significa que se produjo un asesinato cada 40 horas aproximadamente, y dicho promedio fue un 10 por ciento más alto que en el año 2010.

Casi el 80 por ciento de las denuncias de violencia de género correspondió a mujeres con edades que oscilaron entre 15 y 24 años. Y casi un 50 por ciento de esas denunciantes -luego de inculpar a sus parejas masculinas- aún continúan conviviendo con el agresor bajo el mismo techo, junto a sus hijos.

Por su parte, la provincia de Buenos Aires lidera esta alarmante estadística con más de 80 casos mortales durante el período mencionado. En cuanto a los municipios más violentos en estos temas delictivos, el primer lugar le corresponde a La Matanza, y el segundo a La Plata.

En la producción de los delitos de este orden, el sujeto activo puede ser tanto el hombre como la mujer, aunque en los últimos tiempos los maridos o ex maridos de las víctimas han liderado cómodamente una estadística que nos consterna. La crónica policial diaria da cuenta de ello y el resabio “machista” ha salido a la superficie de esas enfermizas relaciones de pareja donde el hombre considera que la mujer es un objeto de su propiedad, por ende dispone de ella, inclusive de su vida.

Porque más allá de cualquiera que sea la motivación que dijeran o pudieran tener, degradan, amenazan, acosan, golpean, lastiman y, en casos extremos, eliminan a la mujer que no se somete a sus designios. Ello sucede porque estos hombres suprimen la posibilidad de que aquellas ejerciten su libre albedrío, y mediante violencia les quitan toda identidad, subsumiéndolas a un simple objeto, sólo eso.

Dentro de la desviada estructura mental de estas personalidades violentas, el maltratador suele pensar que está en un estrato superior que la mujer, sentimiento generalmente arraigado en sus vidas desde pequeños y seguramente generados por ejemplos directos de sus familiares u otro tipo de cuestiones de neto corte cultural.

Para estos sujetos el maltrato hacia la mujer es un modo de vida, que no pocas veces se agrava con la ingesta de alcohol y drogas. Pero lo cierto es que estas conductas que se producen en todos los ámbitos sociales, no son justificables desde ningún argumento cultural, de práctica religiosa o tradición ancestral.

En las audiencias donde les hemos recibido declaración indagatoria a imputados por estos hechos muy particulares, hemos recibido respuestas muy demostrativas de lo que vengo diciendo, por ejemplo:

1 – Esto se acabó.

2 – Me tienen harto, colmaron mi paciencia, no aguanto más.

3 – Soy un macho, no un maricón.

4 – Te voy a enseñar lo que es ser un hombre.

5 – En esta casa yo soy el que manda.

6 – Me insultó, me denunció, me traicionó.

7 – No me hacen caso, no hacen lo que yo quiero.

8 – Así van a aprender.

9 – Si me hubieran obedecido.

10 – Conmigo no van a poder, conmigo no se puede.

11 – Van a entrar en razones aunque no quieran.

12 – Tuve que hacerlo.

Resultan inadmisibles y debe ponérseles un freno contundente desde la Ley Penal cuanto antes, sin perjuicio de destacar que el sistema penal ataca sólo el efecto de las acciones, pero nunca sus causas, las que deben ser abordadas multidisciplinariamente a través de normas y equipos especializados, con profesionales idóneos en las distintas disciplinas que componen el tratamiento de estas patologías sociales, y al mismo tiempo la implementación de abordaje en la currícula en los distintos niveles educacionales y los estratos intermedios de nuestra sociedad.

La gran escalada de violencia con tantas mujeres víctimas de homicidio por parte de sus parejas trajo de la mano la inquietud de diversos sectores políticos y sociales respecto de proyectos con los cuales legislar una figura penal típica que considere el “femicidio”. Genéricamente se lo define como la muerte que un hombre inflige sobre la mujer, por la condición de ésta.

En los últimos tiempos el problema ha generado esa inquietud, aunque no se ha materializado aún. Si bien en la Cámara Baja se han presentado siete trabajos, podemos agruparlos en dos posibilidades o modalidades legislativas utilizadas para viabilizar esta nueva norma punitiva. Por un lado, la tesis que considera agregarlo como un inciso más de los homicidios agravados del Código Penal, en el Capítulo de los Delitos contra la vida. Por otro lado, quienes sostenemos la necesidad y conveniencia de acuñar una figura típica autónoma con mayor pena que la prisión perpetua.

Sobre esta base argumental, entiendo que la figura debe ser completada porque no hay tratamiento para casos donde el sujeto activo sea mujer y el pasivo un hombre. Efectivamente, debe agregarse otro ítem, que además de la misoginia (aversión a las mujeres por parte de los hombres), quede plasmada la “misandria”, que consiste en el odio a los hombres por parte de las mujeres.

Su origen etimológico es griego: “miso” (odio) y “andria” (hombre). Destaco que ésta posición extrema se define como un problema cultural vinculado a las luchas de la mujer para alcanzar la igualdad de géneros, negada por milenios por parte del machismo reinante en la sociedad. Esto hace que la mujer misándrica lleve el feminismo a extremos tales como negar y excluir al hombre.

Debe aclararse que una mujer feminista no odia a los varones, sino que busca obtener sus derechos como ciudadana, pero la misándrica es una persona femenina que odia y discrimina a otra por ser del sexo masculino, y esta situación redescubre de hecho un racismo de género.

Entiendo que es imprescindible sancionar estos gravísimos hechos delictivos con una figura legal autónoma y una escala de pena mayor a la que corresponde a los homicidios calificados, pues aquí prima la cuestión del género como detonante principal.

En el siglo XXI no se puede permitir semejante barbaridad, esto es lisa y llanamente inconcebible. Los operadores del Fuero Penal necesitamos esta herramienta para poner manos a la obra, y utilizar la pena de prisión -acompañada con los tratamientos sicológicos y siquiátricas correspondientes- como uno de los elementos idóneos para revertir la tendencia.

El tema ha recibido media sanción de la Cámara de Diputados de la Nación, como un inciso más del artículo 80 citado, pero en sintonía con lo expuesto precedentemente, he propuesto recientemente ante el Senado de la Nación que la figura típica a debatir para su incorporación al Código Penal Argentino como delito autónomo denominado “Femicidio” o “Feminicidio”.

Un reciente fallo judicial de la provincia de Córdoba pone el tema de la violencia de género nuevamente sobre la mesa de trabajo, porque los jueces admitieron emoción violenta en beneficio de un esposo que asesinó a su mujer, pues ésta le dijo que ya “no gozaba con él en la cama”.

De igual modo, meses atrás jueces del Tribunal de Casación Penal bonaerense atenuaron pena en una causa por delito sexual, pues dijeron que las víctimas -chicas de pocos recursos tanto económicos como culturales- presentaban con ese contexto de vida un marco adecuado para que se las vejara.

Existen fallos en el país que demuestran claramente que el paternalismo -resabio cultural machista arraigado en nuestra sociedad- no es sólo patrimonio de un gran sector de la comunidad, sino también de un gran sector de la administración de Justicia, y muy especialmente en el Fuero Criminal.

Ello  queda demostrado con fallos del Tribunal de Casación Penal bonaerense que debieron ser recurridos en muy severos términos por el fiscal de Casación, pues los jueces sentenciantes discriminaron a las víctimas con calificativos denigrantes y con ello atenuaron la pena al imputado.

El desafío cultural, que debe comenzar a combatirse con planes de estudio aplicados en el ciclo escolar primario, no sólo debe dar batalla fuera de los Tribunales, sino también dentro de su ámbito. No son pocos los jueces que ven -en las actitudes de libertad sexual de una mujer- causas de “justificación” para los hombres que se sienten agraviados por aquél ejercicio de libre albedrío femenino.

En otros casos, ven plasmarse “circunstancias extraordinarias de atenuación” que disminuyen la escala de pena sensiblemente. Y esto tiene ribetes gravísimos pues, en la mayoría de los casos, tanto el hombre como la mujer mantienen infidelidades extraconyugales, pero sin embargo al macho no se le cuestiona negativamente esa realidad, no tratándose igual a la mujer quien no puede auodeterminarse libremente como aquel. No le está permitido.

Estamos comprometidos para trabajar a fondo en ésta problemática que viene desde muchos años atrás, y que tiñe de sangre diariamente la crónica policial argentina. Podremos tener éxito paulatinamente si somos capaces de implementar campañas masivas de concientización popular, por un lado, y activar los mecanismos legales necesarios para que los miembros de las Fuerzas de Seguridad y el  Poder Judicial reciban la capacitación adecuada a estos tiempos que vivimos.

La herramienta legal que se debate en el Congreso Nacional es muy importante para abordar desde la esfera judicial la tarea de castigar semejante barbarie. Pero el éxito vendrá -únicamente- si somos capaces de prevenir, de adelantarnos a estos hechos violentos que terminan muchas veces con la muerte de uno de los cónyuges, y que en la estadística argentina tienen como víctimas mayoritarias a las mujeres. Y la educación es la vía adecuada.

Extracto de la nota de Rubén Sarlo, Fiscal de Juicio de La Plata, autor del anteproyecto “Femicidio”. Especial para NOVA.

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