Claves del sentimiento de inseguridad

El sentimiento de inseguridad no es un fenómeno social simple. Nunca ha sido un mero reflejo de los índices de delito, de los cuales es relativamente autónomo: aumenta cuando se produce un incremento de la criminalidad, pero una vez instalado como problema social, no disminuye aunque las tasas de delito desciendan. Tampoco los niveles de temor entre los sexos, las franjas de edad y los niveles socioeconómicos son proporcionales a la probabilidad de victimización real que enfrenta cada grupo. Entre otros factores, la relación entre delito y temor está mediada por la aceptabilidad del delito en una sociedad en un momento dado. Un aumento brusco de las tasas históricas de delito suele generar un fuerte temor, aunque los índices sigan siendo comparativamente bajos –como ha sucedido en Santiago de Chile en la última década–, mientras que un importante descenso, aunque las tasas de delito sigan siendo elevadas –como en Bogotá o en Medellín–, genera una renovada confianza y una disminución del miedo. Es que la inseguridad conlleva un aspecto comparativo: es en parte la denuncia de una situación que, en el imaginario social, no era así en el pasado o que, en todo caso, debería ser distinta en el presente.

Es necesario evaluar si el miedo tiene relación con el delito, ya que a menudo se considera que la sensación de inseguridad es irracional o exagerada. Para ello, debe­mos comparar regiones distintas. América Latina conjuga altas tasas de delito con elevada sensación de inseguridad. Mientras que encuestas de Europa señalan que de 2000 a 2005 la victimización de la población pasó del 19,3% al 14,9%, en los países de nuestra región, en los mismos años, el porcentaje de hogares en los que hubo alguna víctima fue dos o tres veces mayor. Hay, no obstante, una variación considerable en las tasas delictivas, en particular si se consideran los hechos más violentos. Así, ciudades como San Salvador y Guatemala presentan tasas de homicidio veinte veces mayores que Buenos Aires y Santiago de Chile. Pero es cierto también que en la Argentina, en las dos últimas décadas, el número de delitos se ha incrementado de manera sostenida. Entre los hechos denunciados, las agresiones contra la propiedad se multiplican dos veces y media entre 1985 y 2000, e incluso con una pequeña reducción en los últimos años, la tasa duplica la de mediados de la década anterior. En cuanto a la tasa de homicidios, si bien se ubica muy por debajo de las de otros países de nuestra región, entre 1988 y 2003 los de tipo doloso llegan a alrededor de 7 por 100.000 habitantes, muy por encima de su media histórica.

En Europa, como señalamos, durante el primer lustro del milenio disminuyó la victimización, pero el sentimiento de inseguridad aumentó del 22 al 28%, cifra que sin embargo se ubica muy por debajo de las de América Latina, donde alcanzaría al 60-80% de la población, según datos oficiales. En la Argentina, en 2003, por primera vez en las grandes ciudades, la inquietud por el delito superó en las encuestas nacionales a la inquietud por la economía o el desempleo, y se ubicó en el tope de las preocupaciones. En los últimos años, el 80% de entrevistados consideró que el problema ha alcanzado relevancia nacional, lo que no escapa a cierta lógica de las proporciones: las tasas de temor duplican las tasas de victimización. A fin de cuentas, al haber comparativamente más personas victimizadas, se produce el efecto de la llamada “victimización indirecta”: circula en la sociedad más información sobre hechos delictivos, mayor cantidad de conocidos o relaciones indirectas se enteran y los difunden en sus conversaciones. Este proceso se ha verificado en una investigación que realizamos en 2007 en distintas zonas de la Ciudad de Buenos Aires: en los barrios donde las tasas de victimización eran mayores, también era más alta la expectativa de sufrir un delito en el futuro. Hay una “presión ecológica”, ya que la información sobre delitos en la zona actúa como anticipación de una eventual victimización personal y, por ende, es una fuente de temor.

Al tomar como referencia la comparación entre regiones o entre zonas de una ciudad, la relación entre delito y temor adquiere una lógica en la que la victimización indirecta y la presión del medio tienen un peso explicativo central.

¿Qué sucede en la argentina?

Nuestras investigaciones en zonas urbanas del país revelan que hoy, en la Argentina, el sentimiento de inseguridad es la expresión de una demanda hacia el Estado, percibido como incapaz de garantizar un umbral de riesgo aceptable en los espacios públicos y privados. El rasgo distintivo del sentimiento de inseguridad es la aleatoriedad: lo causa toda amenaza a la integridad física –más que a los bienes– que pareciera poder abatirse sobre cualquiera. La aleatoriedad se relaciona con:

– La deslocalización del peligro, o sea, el fin de la división entre zonas seguras e inseguras bien definidas en grandes y medianas ciudades del país. Cuando se siente que la amenaza ha sobrepasado las fronteras tradicionales y puede penetrar en cualquier territorio, se retroalimenta la sensación de inseguridad.

– La desidentificación relativa. El temor no es generado sólo por las figuras más clásicamente estigmatizadas y discriminadas, sino que hay una desconfianza extendida. En efecto, en algunas entrevistas se relatan robos de personas “grandes y bien vestidas”, en barrios cerrados circulan historias de hombres que entraron a robar “con traje y corbata, como un nuevo vecino que venía de trabajar”, y en los comercios de barrios populares se habla de hechos delictivos protagonizados por mujeres, algunas con bebés en brazos, o hasta por parejas de ancianos.

No obstante, la desidentificación es, como se dijo, relativa: las figuras clásicas de estigma y temor siguen siendo compartidas, mientras que hay otras más temibles según el sector social, sexo, grupo de edad y área de residencia. Los policías y los guardias de lugares de diversión (los “patovicas”) son fuente de temor sobre todo para jóvenes de sectores populares; los agresores sexuales lo son para mujeres de barrios del conurbano bonaerense; personas ligadas al poder local capaces de todo tipo de abusos atemorizan a los sectores populares de algunas provincias; “gente que antes no existía”, como limpiavidrios o cartoneros, son fuente de temor para algunos entrevistados de sectores altos de la Ciudad de Buenos Aires, mientras que otros temen a la policía y desconfían de los guardias privados. Así, inseguridad y delitos son sólo en parte coincidentes; su relación está más ligada a la amenaza aleatoria que a la disrupción de la ley, como lo testimonia el temor que sigue inspirando la visión de jóvenes reunidos en las calles aunque no infrinjan norma alguna.

El incremento de la preocupación por el tema no se traduce automáticamente en sociedades atemorizadas, como a veces se presume, pero sí consolida la idea de que la inseguridad es un problema público de importancia y, como tal, merece atención central por parte del Estado. A la expansión de la inquietud a diferentes sectores y grupos se agrega que deja de ser sólo una preocupación de las grandes urbes, puesto que alcanza también a pequeñas y medianas ciudades. En efecto, más allá de las particularidades locales, detectamos en muchas de ellas la sensación de que la situación había cambiado, pero –salvo cuando se sentía la amenaza de la violencia– el cambio no conllevaba el aumento del temor presente, sino más bien una nostalgia por un tiempo pretérito más tranquilo.

Se advierte que ningún lugar, grande o pequeño, permanece al margen de las influencias externas. El incremento de la movilidad de las personas y, sobre todo, la televisión intensifican la percepción de otras realidades, y en cada lugar la preocupación individual se nutre de hechos tanto locales como nacionales. En particular, el espacio mediático común contribuye a instalar un problema público a escala nacional. La transmisión de noticieros desde Buenos Aires, que bajo la rúbrica cotidiana de “Inseguridad” presentan el “saldo de la jornada”, colabora en crear la idea de una ciudad capital donde “la gente ya no puede salir a la calle”. Para muchos entrevistados, la imagen de metrópoli amenazada refuerza la sensación de seguridad local por comparación, mientras que para otros es el augurio de los males venideros. La recurrente imagen mediática de la “ola de inseguridad” causa inquietud; se teme que dicha ola se desplace desde los centros urbanos mayores hacia los más pequeños, que “la policía los corra (a los delincuentes)”, que se irían a ciudades más chicas buscando “nuevos lugares donde la gente no esté tan precavida”; o bien prima la idea atávica de “contagio”. El temor a la eventual llegada de “gente extraña” proveniente de los grandes centros urbanos podría ocasionar un aumento de la “alterofobia”, que el otro se vuelva amenazador sólo por ser desconocido.

En síntesis, el sentimiento de inseguridad es un fenómeno complejo, presente en nuestro país, en toda América Latina y en otras regiones del mundo. Aquí dimos cuenta sólo de algunos de sus rasgos generales. No hemos planteando la idea de una sociedad atemorizada en su conjunto, pero sí subrayamos que existe una extendida preocupación social por el tema. Sin duda se trata de uno de los problemas centrales que el Estado debe resolver. Las políticas para disminuir el sentimiento de inseguridad deben ser específicas, orientadas a restablecer la confianza en la capacidad del Estado de garantizar protección e inclusión simbólica y real a todos los ciudadanos. Y aquí reside uno de los desafíos más importantes de la Argentina y de América Latina hoy.

Por Gabriel Kessler

Profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento e Investigador del CONICET.

Autor de Sociología del delito amateur, El sentimiento de inseguridad, Seguridad y Ciudadanía.

Publicado en Revista Todavía – Mayo de 2009 – www.revistatodavia.com.ar

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