Fronteras desdibujadas. Delito, trabajo y ley – Parte II

Desdibujamiento de la ley

Inestabilidad laboral y desdibujamiento de las fronteras entre lo legal e ilegal marcan una transformación en la percepción general y la fuerza normativa de la ley. Algo sorprendente en todo el trabajo de campo fue la dificultad que tenían los entrevistados para percibir la existencia de la ley, entendida como un tercero, ya sea una institución o un individuo, que con legitimidad podía intervenir en los conflictos privados. Así, no comprendían por qué razón si robaban y, cercados por la policía, devolvían el botín a la víctima y hasta le pedían perdón, igualmente eran detenidos. Tampoco ocultaban su indignación cuando contaban que un vecino los había denunciado por robar en otro barrio: “No entiendo… ¿y él por qué se mete, si yo a él no lo robé…?”. Tal dilución de toda instancia facultada para intervenir en los conflictos privados llegaba al punto de obviar cualquier referencia al Estado como responsable de sus suertes. Cuando al término de una descripción de sus padecimientos económicos se les preguntaba qué rol cabría al Estado en su resolución, a menudo la pregunta ni siquiera era comprendida. “¿El estado de qué?”, preguntaban un tanto perplejos.

Por último, hay que señalar que el delito tampoco es una frontera tajante en la conformación de grupos. En efecto, la realización de actividades delictivas en común no conduce a la conformación de un colectivo cerrado. Los jóvenes participan simultáneamente de círculos diversos, alternando entre grupos que desarrollan actividades diferentes (ilegales o no) y, dentro de un mismo círculo de amigos, hay quienes participan de acciones delictivas y otros que no. Así, la lógica de la provisión está presente en un círculo social más allá de quienes roban: parte de sus relaciones no hacen una apología del delito, sino que suspenden el juicio normativo sobre las infracciones de sus amigos, sin que tampoco esto sea una motivación para participar de ellas.

¿Qué llevó al desdibujamiento de la ley como frontera normativa? Lo primero que surge es una historia nacional donde sobran los ejemplos de una sociedad y, sobre todo, de sus grupos más poderosos actuando contra la ley. En la experiencia cotidiana de estos jóvenes, ninguna institución aparece como representante de la ley: ni la familia, ni la escuela, ni la comunidad barrial, ni, menos que menos, la policía. Para ellos, se trata de otra banda, potentemente armada y preparada, a la que se teme mucho más por la posibilidad de morir o ser lastimado al caer en sus manos que por la certeza de que los conduzca ante la ley.

Pero, volviendo a la relación con el trabajo, también su precarización influye en el desdibujamiento de la ley. En el pasado reciente, la esfera laboral era un terreno de experiencia de derechos. Parte de la formación en el trabajo consistía en ir conociendo y apelando a leyes que regulaban la relación con los patrones, ya sea limitando la explotación, mediando en los conflictos o en la puja distributiva por beneficios. La ley estaba también presente regulando las compensaciones ante la adversidad, en un accidente o una enfermedad. Nada de esto se insinúa en los relatos de nuestros entrevistados. Ni en su propia experiencia ocupacional, ni en la de sus padres, trabajo y derecho están relacionados. Se refieren a empleos precarios de los que fueron echados sin siquiera pagarles los días trabajados, sin que supieran bien por qué los despedían. Relatan arreglos de palabra para trabajar sin que ninguna regla fuera explicitada, ni siquiera la paga; algunos sufrieron accidentes trabajando y fueron enviados a sus casas, heridos, en el momento mismo, sin recibir atención médica. En resumen, el mundo del trabajo se transforma en una esfera regida por la sola voluntad del empleador, sin ninguna vinculación visible con la ley, sin que ésta marque un límite en el poder del empleador sobre ellos.

Para reconstruir el lazo social

Las reflexiones sobre el desdibujamiento de fronteras pueden, sin duda, contribuir a las ya habituales imágenes pesimistas sobre el futuro de nuestra sociedad. Considerando que se trata de un problema central en nuestro país, que no acepta soluciones simples, voy a retomar algunas de las características de este “delito amateur” para pensar sobre posibles políticas y formas de reconstrucción del lazo social. Una consecuencia de este desdibujamiento de fronteras es que la alternancia entre trabajo y delito no se traduce necesariamente en una “carrera delincuente” futura. En efecto, investigaciones realizadas por destacados especialistas en Inglaterra y en los Estados Unidos, que han seguido durante décadas a cohortes enteras de personas desde su niñez hasta su adultez, han demostrado que solo una ínfima parte de quienes realizan delitos contra la propiedad en la adolescencia o primera juventud serán luego “delincuentes profesionales”.

Cuestionan así, las teorías criminológicas clásicas que preveían que los jóvenes que cometían un delito en la temprana juventud, casi necesariamente iban entrando en una subcultura particular para luego convertirse en delincuentes adultos.

Estos hallazgos de la criminología más actual también han implicado una nueva reflexión sobre las políticas públicas contra el delito juvenil que, sin negar la importancia del problema, se plantean otras formas de encararlo eficazmente. La fragmentación espacio-temporal de la experiencia de los jóvenes que parecen optar entre una gama de recursos según la oportunidad y el momento exige pensar tanto identidades sociales nuevas como políticas específicas. En tal sentido, volviendo al caso argentino, la baja estigmatización del delito por parte de sus pares tiene, sin duda, consecuencias negativas, en particular porque está indicando un escaso control social informal. Pero también, al no desencadenarse intensos procesos de estigmatización local, hay menos obstáculos para poner en marcha programas a escala comunitaria. De esta forma, que no se hayan establecido en sus barrios fronteras tan rígidas entre quienes cometen delitos y quienes no, permite desarrollar acciones de reinserción en sus comunidades, lo cual sin duda no es una tarea fácil para las políticas públicas, porque plantea interrogantes sobre los paradigmas actuales con los que se piensa el delito y, más en general, exige repensar la relación entre ámbitos cuyas fronteras se han ido transformando.

 por Gabriel Kessler

Profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento e Investigador del CONICET

Autor de Sociología del delito amateur, El sentimiento de inseguridad, Seguridad y Ciudadanía

 Publicado en Revista Todavía – Diciembre 2006 – www.revistatodavia.com.ar

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