Fronteras desdibujadas. Delito, trabajo y ley – Parte I

Hoy la inseguridad ocupa el primer lugar entre las preocupaciones de los argentinos en las principales ciudades, superando al desempleo. A pesar de lo que pudiera parecer, no se trata de una inquietud nueva. Las encuestas de opinión muestran que ya en 1985 la mitad de los entrevistados en los principales centros urbanos temían “ser asaltados en la calle”; en 1987, el 96% consideraba muy o bastante importante el problema de la “violencia callejera”. Ciertamente durante la década de los noventa hubo un incremento muy importante del delito, pero también fueron mutando las figuras de lo amenazante. En la Argentina de la transición democrática, las imágenes del delito se asociaban con la herencia del último gobierno militar. El tema de la época era la “mano de obra desocupada”: ex represores que en democracia se dedicaban a delinquir, como el recordado caso Sivak. La asociación con la Dictadura se va desdibujando durante los noventa y, a medida que se produce en paralelo el incremento del delito y la pobreza, las representaciones del delito también se modifican. Las imágenes mediáticas comienzan a estructurarse en torno a dos ejes: uno cambiante, la repentina aparición, rápida difusión y posterior decrecimiento de formas de delito novedosas, denominadas olas. Primero fueron los robos en taxis, luego los “secuestros express”; más tarde, hombres araña entrando por la noche en los edificios; recientemente, el asalto teñido de sadismo contra ancianos desprotegidos. En el segundo eje que, a diferencia del primero, se mantiene estable, se consolida la imagen de una “nueva delincuencia”: ladrones muy jóvenes, producto de la crisis económica y social, de la desestructuración familiar, incapaces de dosificar la violencia al no adscribir a los códigos de comportamiento de los ladrones profesionales de antaño. Su representación más acabada es la figura de “los pibes chorros” acuñada en los últimos años, caracterizados por una estética particular y hasta por un tipo de música, la cumbia villera, acusada de realizar la apología de sus acciones.

Ahora bien, ¿qué es lo que hay de realmente novedoso en esta supuesta nueva delincuencia? En nuestro estudio sobre jóvenes que habían cometido delitos violentos contra la propiedad (Sociología del delito amateur, 2005) encontramos que, a distancia de las imágenes mediáticas preponderantes, se produce la emergencia de un segmento de población que, para sobrevivir, alterna entre acciones legales y acciones ilegales. Datos oficiales muestran también una importante concurrencia a la escuela de jóvenes en conflicto con la ley, la existencia paralela o pasada de experiencia laboral y el incremento de robos entre vecinos de un barrio. Estos elementos en conjunto nos llevan a hipotetizar que existen hoy fronteras más fluidas que antaño entre trabajo y delito, entre escuela y delito, y entre quien aparece como amenazante y quien no.

Delito, trabajo y provisión

Enla Argentina, el incremento de la inestabilidad laboral –esto es, de puestos precarios, mal pagos y de corta duración– es un factor de importancia en el desdibujamiento de fronteras entre trabajo y delito. Los jóvenes que entrevistamos forman parte de una segunda generación con inserción inestable; los padres habían ingresado en el mercado de trabajo a mediados de los años ochenta, y sus biografías laborales estaban signadas por la inestabilidad. Los hijos ven entonces perfilarse ante ellos un horizonte de precariedad duradera en el que es imposible vislumbrar algún atisbo de “carrera laboral”.

Si la inestabilidad laboral dificulta imaginar alguna movilidad ascendente futura, en el presente lleva a que el trabajo se transforme en un recurso de obtención de ingresos más entre otros: el pedido en la vía pública, el “apriete” (pedir dinero en forma amenazante), el “peaje” (obstruir el paso de una calle del barrio y exigir dinero a los transeúntes) y el robo, pudiendo recurrir a unos o a otros según la oportunidad y el momento. Nuestros entrevistados combinan de diferentes formas trabajo, robo y otras acciones: algunos alternan entre puestos precarios y, cuando éstos escasean, perpetran acciones delictivas para más tarde volver a trabajar; otros mantienen una tarea principal –en algunos casos el robo, en otros, el trabajo– y realizan la actividad complementaria para obtener más ingresos. En ciertos casos, salen a robar los fines de semana con los mismos compañeros del trabajo.

¿Cómo pensar este pasaje del trabajo a su combinación con otras actividades? Se trata del pasaje de una lógica de trabajador a una lógica de proveedor, cuya diferencia radica en la fuente de legitimidad de los recursos obtenidos. En la lógica de trabajador, ésta reside en el origen del dinero: fruto del trabajo honesto en una ocupación respetable y reconocida socialmente. En la lógica de proveedor, en cambio, la legitimidad ya no se encuentra en el origen del dinero, sino en su utilización para satisfacer necesidades. O sea, todo recurso provisto es legítimo si permite cubrir una necesidad, cualquiera que sea el medio utilizado. Las necesidades no se restringen a aquellas consideradas básicas (por ejemplo, la comida), sino que incluyen a todas las así definidas por los mismos individuos: necesidad puede ser ayudar a la madre, pagar un impuesto, pero también, comprarse ropa, cerveza, marihuana, festejarle el cumpleaños a un amigo y hasta realizar un viaje para conocer las Cataratas del Iguazú. Cuando combinan trabajo y robo, tienden a establecer el régimen de las “dos platas”: el dinero difícil que se gana duramente en el trabajo, y que costea rubros importantes (ayuda en la casa, transporte, etcétera), y la “plata fácil” que se obtiene más “fácilmente” en un delito y de la misma manera se gasta en salidas, cerveza, zapatillas de marca, regalos. Así, el dinero deja de ser en sus acciones un valor de cambio neutro. Pero sobre todo, el régimen de las “dos platas” es un indicador de que el desdibujamiento de las fronteras no homologa todas las acciones de provisión sino que perduran ciertos marcadores: la existencia de dos circuitos de origen del dinero y dos circuitos del tipo de gasto actúa como marcador de una diferencia entre actividades legales e ilegales.

Ahora bien, el desdibujamiento de fronteras no se deriva solo de la inestabilidad de los ingresos, sino que cuando se ahonda en las experiencias laborales, es evidente que éstas no podrían haber generado el tipo de socialización históricamente asociado al trabajo. Relatan pasajes cortos por ocupaciones diversas, que no los califican en un oficio o actividad determinada. La inestabilidad dificulta la construcción de una identidad laboral de algún tipo: de oficio, sindical o aun de pertenencia a una empresa. También obstaculiza la generación de lazos con los compañeros; es poco probable la conformación de vínculos duraderos en grupos laborales en los que todos son inestables. De este modo, todos los aspectos calificantes y socializantes del mundo laboral están restringidos por la escasez y baja calidad de las ocupaciones a las que acceden.

Desprovisto de sus atributos tradicionales, el trabajo se reviste de un sentido meramente instrumental, acercándose a las restantes formas de provisión y contribuyendo al desdibujamiento de las fronteras entre acciones legales e ilegales.

 por Gabriel Kessler

Profesor dela Universidad Nacionalde General Sarmiento e Investigador del CONICET

Autor de Sociología del delito amateur, El sentimiento de inseguridad, Seguridad y Ciudadanía

 Publicado en Revista Todavía – Diciembre 2006 – www.revistatodavia.com.ar

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